domingo, 10 de enero de 2010

El día que mi padre murió

Cuando aparcaba, mi hermano salía por el portal. Un nudo me agarro la garganta,conforme me acercaba, distinguí sus ojos llorosos.
En estos momentos y solo han pasado pocos días, no puedo asegurar a quien besé primero, a quien abracé. Solo sé, que por esperado, no duele menos.
Cuando entre en la habitación estaba acostado en la cama, parecía dormido.
Aunque me lo habían comunicado por teléfono, esperaba verlo como siempre, despierto, sonriente. Me senté en la cama a su lado, llorando con un llanto nervioso, entrecortado, su cuerpo, aún caliente. Era la primera vez que lo veía tan serio, la primera vez que no me miraba con cariño. Estuve un rato pensando, no se va a despertar más?, me preguntaba; los besos que le día ayer por la tarde, al despedirme ¿fueron sinceros?. ¿Le transmití todo el amor, que ahora siento, cuando ya no lo va a sentir?, ¿lo apreté suficientemente, cuando lo abrazaba al irme?, ¿le escuchaba con atención cuando me hablaba?, cientos de preguntas se agolpaban en mi cerebro.
Pensaba, como un niño, ¿cómo se ha podido ir, sin darme un beso?. Le agarré sus manos, necesitaba sentir el tacto de su piel. Con un poco de gel, le sacamos un anillo de su dedo hinchado, me lo coloque en mi dedo, quería llevarlo unas horas, cuando se fuera definitivamente, lo devolvería a mi madre.
En esos momentos entraban y salían de la habitación, mi madre, hermanos, sobrinos, todos llorando, unos más contenidos y otros más desconsolados.
Cuando vinieron a llevárselo, lo trasladamos en una sabana al salón, donde lo esperaba el féretro. Curiosamente, cuando cerraron la tapa, mi dolor no creció. En ese momento, desde hacía una hora, yo, ejercía de padre amantísimo, lo llevaba con todo el mimo y cuidado, pensé, en el tanatorio estaría mejor.
Detrás de un gran cristal, flanqueado por tres coronas de flores, nos dispusimos a pasar las horas en su compañía.
Cada pocos minutos, me acercaba al cristal, no quería que se sintiera solo, lo miraba, me seguía pareciendo dormido, incluso alguna vez, me pareció que movía las pestañas. El desfile de amigos, familiares y conocidos fue interminable.
A la mañana siguiente, nos despedimos, con un beso en su fría frente, cerraron el féretro y lo bajaron a la capilla. El sacerdote dijo lo que a el le gustaba escuchar.
En el cementero, andaba detrás del coche. Cuantas veces había recorrido ese camino con él, pero esta vez él iba delante, en el coche.
A hombros de sus cuatro hijos y su yerno, al que quería como un hijo, lo llevamos a la tumba.
Aunque para mí no lo fue, se que para mi madre, si fue el peor momento, repetía incesantemente, “ donde lo han dejado al pobrecito”.
Mi padre, había muerto. Se había ido. Nos habíamos reído tanto de ese momento, que el no sabrá lo duro que ha sido para mí no poderle dar un abrazo y despedirlo en la puerta de casa, cuando aún vivía. Hasta siempre, Antonio.