sábado, 19 de noviembre de 2011

Que vienen los rusos

Antonio regresaba a su barrio, el metro a esa hora, vacio casi completamente finalizaba su viaje en La Laguna. Mari Carmen y Susana junto con Antonio realizaban este último viaje. Tres vidas, con sus historias a cuestas. Todos como estatuas hieráticas permanecían sentados unos leyendo otros escuchando música, pero todos refugiados en sus mundos a pesar de estar rodeados de personas. Una imagen tan común en este tipo de transportes que si, te sorprende la primera vez que montas en él, después con el tiempo terminas convertido en estatua de sal. Mari Carmen, no dejaba de pensar en su matrimonio. Hoy, por fin hablaría con él, la decisión tantas veces aplazada, había llegado la hora. Su madre, hoy en la comida, le había pronosticado toda clase de infortunios, una catástrofe le había dicho textualmente, no puedes abandonar a tu marido y a tu hijo. Que sabía su madre. En estos seis años su marido, había acuchillado literalmente su relación, al principio es verdad que realizó muchos ingresos en esa cuenta corriente que es la relación. Pero poco a poco se fueron espaciando y realizando fuertes reintegros. Seis años, seis. Como podía amenazarla su madre con el infierno si lo dejaba ahora, no entendía que en esos seis años, las señales que ella había emitido, las conversaciones, los llantos, las suplicas, si, suplicas, quizás me equivoqué, pero lo quería. Que hubiera trabajado duro por esta relación en estos seis años, no me vale que me diga ahora ¡Que vienen los rusos! Susana, acababa de dejar su trabajo como becaria en el departamento de Marketing en una multinacional. Le había costado, una gran empresa, un futuro prometedor, pero estaba cansada, no, no físicamente. Llevaba cuatro años en ese puesto, llenos de promesas, de dedicación de días, de horas, reuniones interminables, dándolo todo, por un mísero sueldo. Su jefe, hace una hora, le había amenazado con no trabajar más en el sector, con una catástrofe de magnitud apocalíptica. Como podía amenazarla su jefe con el infierno si lo dejaba ahora, no entendía que en esos cuatro años, había dejado su vida para dedicársela a esa empresa. Que hubiera trabajado duro por su empleada en estos cuatro años, no me vale que me digas ahora ¡Que vienen los rusos! Antonio, regresaba a su casa, llevaba varios días en la Puerta del Sol, se negaba a que lo etiquetaran como “indignado”. Tenía treinta años, estaba parado desde hacía tres y ya no cobraba prestación alguna. En un noticiario acababa de ver el cierre de campaña de los dirigentes políticos, el domino a votar. Una constante de todos, “ir a votar” esto fortalece a la democracia. Todos, todos amenazan con una catástrofe de dimensiones apocalípticas, la derecha es retroceso, recorte, la izquierda es el despilfarro, crisis. Como podían amenazarlo los políticos con el infierno si dejaba de votar, no entendían que en esos doce años, desde que pudo ir a votar había trabajado duro, creído en ellos. Que hubieran trabajado duro por sus ciudadanos, por su país en estos años, no me vale que me digan ahora ¡Que vienen los rusos! El metro llegaba al final, con su señal de apertura de puertas, tres vidas, similares a no sé cuantos millones, tenían en sus manos, cambiar su destino y empezar una nueva a pesar de que vengan los rusos. Joaquín Vidal Noviembre 2011