domingo, 10 de enero de 2010

El taxista

Me reía, sin parar. Habíamos bebido más de media botella de ron. Eran sobre las cuatro de la madrugada. Yo andaba agarrado a una rubia de largo pelo y sugerentes curvas. A pesar de mi media borrachera, la invite a dormir juntos. Como dice mi amigo José Luis, todo el mundo recuerda al buitre leonado en los programas de Rodríguez de la Fuente, como se lleva a la oveja en sus garras, pero nadie se acuerda, cuantas veces ese mismo buitre, falla en su ataque y se va con las garras vacías. Eso me ocurrió aquella noche, la rubia despampanante, azafata de una conocida marca de tabaco, me dijo que nunca dormía con clientes- estaba trabajando aquella noche en esa discoteca -. Por lo tanto me acerque a mi amigo. José Luis, tío, que me largo, nos vamos. Con mirada vidriosa e intentando zafarse del acoso de una morena de largas uñas, me dijo que nones. Toma llévate mi coche, me dijo dándome las llaves, yo me quedo a ver si me como algo. Cogí las llaves y sin pensarlo dos veces salí disparado. La experiencia de los años me ha enseñado que después de un par de ataques fallidos, en las noches de marcha lo mejor es retirarse a tiempo. Eso lo he descubierto después de mil amaneceres borracho perdido, desayunando en cualquier bar de barrio, con una resaca del quince y con un dolor de huevos de no te menees. Hoy soy mas practico. Busco hasta una hora prudente, si cazo rápido, me llevo a mi víctima a mi guarida y la devoro durante el fin de semana. Si no es así, guardo las fuerzas para otra ocasión.
La historia de lo que pasó a continuación, me la contó José Luis, en la tarde del día siguiente. Bajo mi punto de vista, no tiene desperdicio y refuerza mi teoría de retirarse a tiempo.
José Luis, luchaba a brazo partido con la morena. Pero lo que pasa en estos casos, se descuido un minuto, creo que fue a pedir otra copa a la barra, o a los servicios, no sé lo que sí es cierto es que serian las seis de la mañana estaba borracho, sin coche- me lo había llevado yo- en las afueras de la ciudad, sin dinero en el bolsillo y lo peor la titi, se había marchado con otro.
Con paso tambaleante salió de la disco en una gran explanada enfrente, todavía quedaban unos cientos de coche, la música seguía atronando hacia de barre sus espaldas. Se sentó en un quitamiedos que hacia yo de barrera del parking. El alcohol, no le dejaba pensar con claridad. ¿Qué hago yo ahora?, pensaba mientras me maldecía por llevarme su coche. No tengo dinero para coger un taxi, y a esta hora no me voy andando a la ciudad.
Se le ocurrió una idea. Ya esta, voy a robar un coche, lo deja al lado de casa y ya esta. Se acerco a un coche intentando forzar la cerradura. La maldita se resistía. Cogió carrerilla y le dio una patada al cristal, nada. Busco otro coche, este tenía ventanilla pequeña, seria fácil romperlo. Cogió carrera otra vez y le metió una patada al cristal pequeño, con tan mala fortuna que se le queda el pie metido dentro, con tan mala fortuna, que debido a su borrachera se tambaleo cayendo al suelo polvoriento. Dios mío, se le queda el pie enganchado, con tan mala fortuna que se hizo un profundo corte en el tobillo, que al intentar sacar el pie, todavía se hizo mas daño. Maldecía mientras intentaba ponerse de pie. La herida sangraba profusamente. Se alejo de allí con el pie sangrando, maldiciendo su mala suerte. Se acerco como pudo a una parada de taxis y con voz estropajosa le indico al taxista su dirección. Por el camino, todo le daba vueltas y vueltas, parecía que iba por el mar en medio de una terrible tempestad. Las nauseas le asltaban, iba a vomitar de un momento a otro. El taxista le miraba por el espejo retrovisor con cara de pocos amigos. En el trayecto se acordó de mi familia, de mí, de la morena y de la rubia, no puedo escribir aquí los calificativos.
Finalmente, cuando faltaban no más de quinientos metros para llegar a su casa, la tempestad arreció, de su pierna corria un hilo de sangre, empapándole el calcetín. Echo por la boca todo el alcohol, restos de comida y todo lo que había bebido en los dos últimos años. El taxista frenó en seco, acordándose de la madre de José Luis, mientras lo arrastraba fuera del coche. Esto no se hace leche, le decía mientras se mesaba los cabellos. Lo sabia, lo sabía. Imaginaros la escena, mi amigo apoyado en un coche, devolviendo, el pantalón manchado de sangre, mientras el taxista iba de un lado a otro chillando. Pero lo peor estaba por llegar. José Luis se volvió en una pausa del desagüe y con voz balbuceante, le dijo, maestro no tengo un duro ¿Os imagináis como termino aquello?

Joaquin Vidal