sábado, 26 de marzo de 2011

Tenemos que conseguir que todos protejamos la tierra

Risa Aoki, se encamina diligentemente a su casa en el pueblo de Kanova al sur de Japón. Son las doce de la mañana del día 10 de Marzo de 2011. Se siente feliz, acaba de comprar una bonita caja de velas, de cera. Es su sorpresa para celebrar “La Hora del Planeta”, se reunirán todos juntos, sus nietas, Haruna e Hina, su hija Miyu y el marido de esta Haruto. Con cuidado llega a la casa, las nietas juegan en la calle, ella se dirige diligente a su habitación no quiere que descubran su sorpresa.
Al terminar de cenar, Risa, después de besar a Miyu, su hija y Haruto, su yerno, se dirige a la habitación donde duerme con sus nietas, esta noche como siempre, les contará un cuento.
Son las 5, 35 de la madrugada del 11 de Marzo de 2011, la familia duerme al completo, de pronto un temblor leve al principio, Risa, se despierta bruscamente, sin pensarlo salta de la cama y despierta a sus nietas, el temblor va en aumento, las niñas lloran asustadas, Misa, grita sus nombres y el de su hija e intenta salir al salón para reunirse con ella y su marido, pero un terrible rugido, que derriba la pared de la habitación la hace desistir. Agarra fuerte a las niñas y sale corriendo a la calle, la escena es dantesca, edificios derribados, gente corriendo y el temblor que no cesa. Empieza a caminar a toda prisa, necesita llegar a campo abierto, su obsesión es encontrar un risco elevado. Sus nietas agarradas a su abuela, lloran pero no dejan de caminar. Por fin parece que el temblor va aminorando su intensidad, pero Risa, redobla aún más su carrera. –No podemos parar ahora, todos a las montañas, deprisa-.
Por fin llegan a una altura considerable, abajo en el valle, el pueblo parece haber recibido la visita de un gigante, hay edificios en pie, pero la gran mayoría, aparecen destruidos, algunos incendios y explosiones se suceden. Los habitantes del pueblo, no saben lo que ha pasado, algunos están al lado de las que fueron sus casas, buscando a sus familiares, otros corren despavoridos, en busca de un lugar seguro.
Risa, llora en silencio, sin lágrimas, está rota por dentro, su hija y su marido, no aparecen, confía en que aparecerán. Sus nietas no dejan de preguntarles por ellos. Haruka, la mayor, le pregunta -¿por qué has querido subir aquí, tan deprisa abuelita? Como si la tierra quisiera responder, un nuevo temblor, Risa mira al horizonte, un sonido infernal, se abre paso, el mar avanza terrorífico, arrastrando todo a su paso, casas, coches, barcos, personas. Inexorable, va cubriendo el pueblo, con un manto negro, al principio, gritos, pero ahora, se va haciendo el silencio, todas las personas congregadas en la montañas, se han convertido en estatuas, incrédulas, llorando, piensan que es el fin del mundo.
Son las 10 de la mañana, ha amanecido hace un par de horas, las niñas duermen en el regazo de su abuela. Risa, mira sobrecogida, Kanova, su pueblo está sumergido, el mar ha tomado posesión, reclamando lo que los seres humanos, creíamos erróneamente que era nuestro. A su alrededor, miles de personas, lloran, rezan y maldicen su mala suerte. Ella no deja de pedir por su hija y su marido, que aparezcan. Dios, debe ser comprensivo, ella con 81 años, ya ha vivido bastante, sus nietas necesitan a sus padres, llévame a mí y trae aquí a ellos.
Hoy es 26 de Marzo, han pasado dos semanas desde el terremoto, Risa se ha acomodado en un campamento improvisado a unos 10 kilómetros de Kanova, no ha perdido la esperanza de encontrar a su hija, pero cada día que pasa lo ve más difícil. Volver a empezar. Por otros motivos, absolutamente diferentes, la vida, le pide volver a empezar. Hace 66 años, el seis de Agosto de 1945, dos bombas atómicas cayeron sobre Japón. Ese día, después de ver y sufrir las consecuencias se juró a sí misma, que la vida en este mundo tenía que ser de otro modo. No podíamos seguir extrayendo los recursos de la tierra e inventando artilugios, capaces de destruir un mundo, que ella, lo supo, después de ver las consecuencias, no nos pertenecía a nosotros. Ella desde entonces lo tomó como un préstamo, este mundo con todos sus recursos se tenía que mantener, para sus hijos y los hijos de sus hijos y así sucesivamente. Por eso esta noche, había caminado con sus nietas y dos trozos de vela, los quince kilómetros que la separaban de su pueblo para a las 20,30h encender las velas.
En lo que fue su casa, se arrodillaron, muchos vecinos, habían pensado lo mismo. Encendieron sus velas, el espectáculo era impresionante, un cielo tachonado de estrellas, un pueblo entero destruido, miles de personas en silencio cogidas de las manos, a las luz de las velas, la tierra, les había mandado un mensaje tajante. Durante la hora que las viejas velas sostuvieran en sus pábilos su pequeña luz, el mensaje para proteger la tierra, debía crecer en el corazón de las personas que entrelazaban sus manos, debía crecer la solidaridad con su tierra.
Risa, se abrazó a sus nietas, fuerte, muy fuerte, quería transmitirle la fuerza que sus pies descalzos recibían de la tierra y mirando con los ojos borrosos por dos lagrimas que nacían les dijo,-Tenéis que prometerme qué vais a proteger la tierra-. Esa pequeña luz que nace en estas velas, tenéis que convertirla en hoguera, para contar al mundo lo que aquí ha ocurrido y conseguir que todos protejamos la tierra, no nos pertenece.

Joaquín Vidal 26/3/2011