miércoles, 10 de agosto de 2011

Me pierdo en este mar

La puerta entreabierta, el zócalo a media altura, protegido por una madera barnizada, un azul más intenso en la parte de abajo de la pared combinado con otro más claro hasta el techo, estaba en un hospital. La cabeza me dolía terriblemente. Solo en una habitación, que raro, normalmente se compartía con tres o cuatro personas. ¿Pero qué demonios había pasado? Se palpó el resto del cuerpo hasta donde alcanzaba, no, no tenía nada roto, parece que solo tenía lesiones en la cabeza. Levanto la sabana, quería identificar por la ropa quien era, que había pasado, no recordaba nada. De pronto escucho ruido en la puerta y el picaporte giró despacio, cerro los ojos, dejando solo una ranura. Una enfermera entró seguida de dos individuos, hablaban en voz baja, el que entró primero detrás de la mujer, asentía con la cabeza, ella le daba instrucciones, mientras la miraba fijamente, en sus ojos un velo de preocupación ¿Quién serían esos dos tipos? Su aspecto no le tranquilizaba, sus ropas y maneras por lo poco que había podido ver, eran de dos “buscavidas” Dios mío que dolor de cabeza. De pronto uno de ellos se acercó, le abrazó y medio llorando le pedía perdón, ¿pero porque? ¿Lo habían atropellado, iban a matarlo? Empezó a sudar. El otro individuo, miraba continuamente por la ventana y se frotaba el pelo, parecía un gesto mecánico. Enseguida los dos le dieron un último abrazo y salieron, el del pelo al salir le decía ¡Oh Dios mío, dios mío!! Mientras se frotaba el pelo!
No habían pasado más de dos minutos y la puerta se volvió a abrir, un médico entró seguido de la misma enfermera. Vamos a ver, -Braulio, como estas, le dijo él mientras miraba el historial- nada hombre nada, un fuerte golpe en la cabeza, el examen no revela ningún daño, vamos a tenerlo 24 h en observación y después a casa, le dijo a la enfermera y salieron.
Braulio, se llamaba Braulio. En ese momento un torrente de información se abrió paso en su cerebro, su vida pasó en segundos y se acordó lo que había pasado, empezó a reírse al recordar la escena de la reciente visita. Poco a poco se fue tranquilizando.
De pronto entre esos recuerdos, inevitablemente se acordó de Loli. Ayer estuvo a punto de hablar con Benito, ese infame mujeriego, borracho, despreciable. Yo trabajaba de seguridad el día que Loli y él se conocieron en el campo del Betis. Yo me enamore de ella y él la sedujo.
Después hable varias veces con ella, mientras la veía como se iba autodestruyendo día a día y el malnacido de Benito la ignoraba. Hace unos días Loli le escribió unas pocas líneas, palabras de una desesperada, de alguien que no espera nada más de la vida. Él le ayudaría a recomponer su vida, solo ella y yo.


Este es el mar, ¿sientes como te mece? nunca he podido, ni puedo, pedir que las olas sean grandes o pequeñas, que no llueva o que el viento amaine.

Siempre debo pero no siempre quiero o puedo, untar de grasa las hendiduras, pintar y repintar, recoger trozos de otras naves hundidas tras el temporal, alegrarme o llorar cuando en el horizonte diviso una vela.

A veces, he recogido a un naufrago, hemos navegado pero cuando no habían pasado más que unas pocas horas, la embarcación se hacía más y más pequeña. A gritos hemos tomado una decisión, acercarnos a un puerto y terminar con esta convivencia, o eso o saltar por la borda.

Hoy no quiero recoger a nada ni a nadie más, solo recoger el agua de lluvia, pescar y comer lo necesario para perderme en este mar.

Agosto 2011