jueves, 26 de julio de 2012

Historía de una frase

Los burros atados a los arreos del carro descansaban, rodeados de moscas que incansables, a pesar de los gestos nerviosos de piernas y pecho se empeñaban en dejar sus huevos en las pequeñas heridas que aparecían en las patas de algunas de las bestias. Los cocheros, fumaban en corro, lanzando grandes risotadas, sin perder de vista el tránsito de transeúntes y encargados de las tiendas, esperando tener la suerte de hacer un porte que llevara unas pocas monedas a su empobrecida economía.

Maruja, esperaba en la tienda, había pedido un cuarto Kg de café, la mitad del cuarto de garbanzos y 200grs. de bacalao. Desde pequeña siempre le había impresionado esa guillotina, que ahora le parecía pequeña, que troceaba el bacalao, la cuchilla afilada caía inmisericorde dando tajos precisos. Detrás de los dependientes, Mauro con su bata color marrón claro, camisa y corbata negra observa cuidadosamente los pedidos que se servían, corrigiendo a veces las cuentas y poniendo nerviosos a los dependientes, con su estrecha vigilancia.
Maruja, se sentía incómoda con su presencia por esa extraña sensación que flotaba en el ambiente cuando él salía de su despacho, ya había notado en varías ocasiones que al entrar en la tienda, el muchacho de los recados corría a la oficina y al momento Mauro salía, regalándole una sonrisa. Maruja, secretamente y en el fondo de su corazón, se sentía halagada, su matrimonio, monótono, previsible y rutinario hacía tiempo que navegaba a la deriva y en el que ella, tenía la función de capitán, maquinista, carbonero y grumete. Mauro, una vez, intentó no cobrarle el importe de su compra, delante de todo el mundo, ella, solo lo miró una vez, con sus negros ojos llenos de desprecio, despechada salió de la tienda, que tonta había sido, le dolía no tanto por el desprecio sino por pensar que ella había llamado la atención de un hombre joven y apuesto.

Pasaron dos semanas y ella no se atrevió a ir a la tienda, compraba en otra, le hacía menos gracia pero no quería encontrarse con ese medio hombre.
Un domingo que su marido estaba en el fútbol, ella esperaba el autobús, visitaría a su hermana que vivía en un barrio periférico de la ciudad. Un coche se acercó lentamente, la ventanilla derecha se deslizó suavemente y al volante, Mauro, el encargado de la tienda, le sonreía abiertamente. Maruja, creyó morir, que sinvergüenza, como se atrevía, sus piernas apenas le sostenían, su corazón galopaba ruidosamente, teniendo la sensación de que toda la plaza escuchaba sus latidos. Mauro, ni siquiera le hablo, se limitó a extender la mano, mientras los coches parados detrás hacían sonar sus bocinas, ella, trabajosamente dio primero un paso, después otro y otro y terminó sentada en el asiento del copiloto.

Recorrieron, más de treinta kilómetros, en silencio. Mauro sacó el coche de la carretera y se dirigió por unos caminos de tierra, aparcando en un bosque cercano. Se volvió y empezó a meterle mano por todos sitios, sus gruñidos de animal en celo, derrumbaban uno tras otros las ilusiones que ella inocentemente se había forjado. El la sacó del vehículo la tumbó encima del capo y subiéndole la falta se tiró encima, en ese momento oyó una voz de mujer que le decía,-“Desde que te vi, sabía que por la burra venías”-. No pudo oír nada más, un feo agujero se abría en su nuca, con un estilete de plata clavado hasta la empuñadura.

Maruja, se alisó el vestido, después de una hora salió a la carretera, en su bolso, el estilete, a lo lejos se acercaba un coche haciéndole señas para que la recogiera para llevarla a casa, esperaba en esa linda tarde de verano no tener que repetir la frase.

Joaquín Vidal 26/7/2012