domingo, 10 de enero de 2010

Eva y Adán

Esta amaneciendo. En la chimenea arden dos gruesos troncos. El invierno, se ha echado encima de repente. Estoy dentro de la cabaña, en el exterior un manto blanco cubre hasta donde llega mi vista. Llevamos dos años aquí, en este valle rodeado de montañas. Un estrecho desfiladero, nos une con el resto del mundo, que esta época, a veces se vuelve intransitable, o sea, nos quedamos aislados.
Amelia y yo, decidimos venir a este rincón del mundo. Abandonamos la gran ciudad, el tráfico, las luces, las prisas. Hoy, nos felicitamos por tomar esa decisión.
No utilizamos luz eléctrica, tampoco ninguno de los adelantos de la época, solo un teléfono vía satélite, para no perder el contacto con el mundo exterior.
Tenemos un viejo carro, una vaca, gallinas, dos caballos, un cerdo. No necesitamos nada más. Una vez al mes salimos por el desfiladero, alquilamos un coche, compramos algunas cosas en el hiper y visitamos a algunos familiares y amigos.
Nuestra vida, transcurre entre largas jornadas dedicadas el uno al otro. Tenemos tiempo para todo. En este sitio, valoras realmente el tiempo, en primavera y verano, damos largos paseos a caballo, pescamos en un riachuelo cercano, nos bañamos desnudos y hacemos el amor sobre la hierba. En otoño e invierno, si el tiempo lo permite, paseamos por el valle, si nieva o llueve mucho, pasamos los días al calor de la chimenea.
A veces pensamos que es un sueño. Te das cuenta lo diferente que es. Desde no tener un interruptor al lado de la puerta que encienda las luces, lavadora, frigorífico, televisión y muchas cosas más, que realmente, cuando estas aquí, te asombran la poca necesidad que tienes de ellas.
Eso sí. Ella me tiene a mí, y yo a ella. Que es realmente lo que siempre nos ha importado. El resto del mundo, esta más allá. Aparecemos cuando lo necesitamos.
Nos hemos aficionado a los trabajos manuales, a leer, a cocinar en cocina de leña, a hacer nuestro propio pan, cultivar nuestro pequeño huerto, cuidar los animales y a vivir más acorde con la naturaleza. Por supuesto, nuestra principal afición son nuestros cuerpos, las caricias los besos, las miradas.
Solo pedimos a Dios que nos dé salud para vivir eternamente en este paraíso.


Joaquín Vidal