domingo, 10 de enero de 2010

Hoy he sonreído a un desconocido.

En el principio de la noche, he abrazado a mi pareja.
He roto los silencios, malas caras, gestos de desprecio.
He levantado mi cara de la almohada.
No he querido apretar los dientes.

Tampoco he querido pasar por alto un insulto, ni tampoco una despedida, tampoco un roce en mi piel de sus manos, un beso de despedida por la mañana, una frase de aliento, un apretón de manos. NO quiero pasar nada por alto, quiero volver a disfrutar de todas las cosas, grandes y pequeñas que me ocurren.
Todo forma parte de mí, a lo largo de los años, todo me ha dado seguridad; errores y aciertos. Tengo que confesar que no de todo he aprendido, pero también eso forma de la grandeza de vivir.

He sido a veces, cirineo, hombro donde descansar, donde llorar, caja fuerte donde guardar confidencias y penas de otros, trompeta para transmitir alegrías. También a veces verdugo.
Con todo eso, he aprendido una cosa importante, entre otras.
Todo, todo eso mezclado con mi vivir diario, forma un peligroso cóctel, que puede bloquear mi existencia.

Por eso, como digo, he aprendido a trivializar, canibalizar, digerir y olvidar los problemas que mi vida terrenal no puede resolver y centrarme con mis cinco sentidos en los que realmente puedo resolver, míos y de las personas que me rodean.

A veces, yo mismo me sorprendo del poco impacto que grandes problemas causan en mí, pero los años y ese mecanismo, me hacen tomar distancia, y os puedo garantizar que funciona.

Joaquín Vidal