domingo, 10 de enero de 2010

La añoranza

Ese niño de ojos despiertos, mirada inquieta, no cesa de mirar hacia aquí. Su pelo rubio centellea al sol.
Detrás de la alambrada. Los días pasan tranquilamente,
Sin nada que altere la paz, todo el día mira hacía el otro lado.
Arboles, pájaros, ninguna persona, solamente coches que se pierden entre grandes polvaredas.
Morirá joven de cuerpo y anciano de alma, no por ello mis sentidos, dejan de percibir todo lo que ocurre alrededor.
Simplemente lo devora en segundos queriendo después otra cosa.
Por eso es difícil encontrar quien entienda esa constante búsqueda, ese incansable mas y más.
Quizás la muerte sea el descanso añorado,
El completo bienestar, aunque quizás tampoco,
Quizás el estar solo, acostumbrarse a vivir en la soledad.
Sin entregar, ni dar nada, solo para todo.
De vez en vez cuando el cuerpo y mente, una dulce mujer que durante no sé que corto espacio de tiempo absorba mis ganas de expresar mi soledad.
Después otra vez solo, caminando por el insondable desierto que es esta vida. Parar en un oasis, beber en un alma de mujer, calmar la sed y seguir lejos de las veredas y caminos como leproso, al que nadie puede acercarse, por temor a no encontrarse mas que un alma que pide amor a gritos.

Joaquin Vidal 3-8-89